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Nocturno con Joe Cocker. Ramón Leal

 
 
 
 
 
 
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Pequeño epitafio diario: relato intolerante. Ramón Leal

a Horacio Oliveira, que creyó estar vivo

    Horacio se despertó, una marea de sueños alteraba su sangre con fluido sonoro. Comenzó a desnudarse del ropaje barroco de la noche veladora. Por un instante, recientes ecos pellizcaban de dulce aliento su hábito ineludible: persiguió con los dedos un vestigio noche‑siena que le resbalaba desde el vestido de aquella noche anterior


    Él, a diferencia de tantas otras personas azules, mantenía su negativa a distinguir el café de la mañana del último sueño recordado. Sintió lentamente el trozo de galleta húmeda en su boca, calada de vestigios oceánicos. Aquel sabor era el recuerdo de los esteros al amanecer, apenas apuntados en un boceto del sol. Necesitó una luz entre las penumbras y apretó el mando a distancia. No, ahora
Jan Garbarek mostraba un sonido fuera de su cueva: la resonancia de sus agudos se tornaba alfileres ávidos de noche. En gesto repentino cambió al registro de la mañana: G.F. Haendel y su Cantata Lucrezia tendieron el puente necesario a la claridad que asomaba en la ventana. Y entonces la vio. “O Numi Eterni!”. Entre las rendijas, como barrotes que se abren, fueron apareciendo cada una de las notas de luz que sonaban desde atrás, a su espalda: “Già superbo del mio affanno”. Una lentitud necesaria, para que la travesía fuera una caricia deshaciéndose de la brusca presencia del silencio inmóvil. Janet Baker no descansaba en su hábil tarea de abrirse camino entre las sombras.

    Y, en un breve segundo, el túnel mágico se interrumpió. Su inconsciente no estaba dispuesto a permitir una nueva mañana-oasis. Introdujo una breve secuencia en su pensamiento, suficiente para que la música se ausentara como un eco marchito. Regresó, por tanto, la tangible presencia de la prematura amnesia. Era sábado y, aunque fuese miércoles, el verano sometía al tiempo a una dilatación de venas bifurcadas.

    Sonaba el teléfono pero Horacio sabía perfectamente que no lo cogería. Estaba solo en el sentido físico, y desde hacía unos días metafísicamente solo. Sonaba el teléfono y tenía la certeza que algún requerimiento personal le querría asignar una presencia nada fortuita pero brutalmente momentánea.Su negativa persistía, convencido de que era el antídoto más eficaz contra la creciente merma de su piel. El único médico que se había atrevido a consultar, como última licencia a su cuerpo, le había reprobado su visita. Sus gestos acabaron, evidentes, en la comprensión teatral… y dilapidó palabras que atestiguaban su deseo solapado de finalizar aquella consulta ingrata.

    Su piel había conformado un progresivo crecimiento a lo largo de los últimos años: consecuencia sin duda de que proliferaron llamadas en que se pretendía su presencia indivisa, sin diplomacias que restaran pulcritud a su asistencia. Sus manos crecieron persiguiendo una piel que le arrastraba con ánimo de eterno maridaje. Recobraron sus dedos su talento para sus célebres intersticios de amor en cursiva…



Munch – The Vampire


   …Recorro la cordillera de durazno resbaladizo, indago la concavidad de tus armas, cual hilo de Ariadna hacia la humedad que me acercas. Aquí no estás, pero mis dedos obligan tu presencia, dibujo tu contorno de lágrimas, presiento que tu silencio es un mar en calma antes que te navegue en la proa de mi piel. Los ojos no te ven pero te tocan, no te distinguen, te perfilan como fruta abierta en un árbol silencioso; mis oídos sólo oyen el adagio perpetuo que atraviesa las penumbras‑ Garbarek nos circunda, como una gaviota señala el puerto a mi barca a la deriva ‑. Me miras, tus manos me miran, y despertamos en la piel la curiosidad del arroyo, pequeño río de afluentes sólidos… río malva de crisoles de lluvias… un solo río cuerpo, un solo río rama… un solo río temblor de alas que en el silencio desemboca…

  
 Aquella pradera poco se demoró hasta abjurar en espejismo. La poesía no encontraba adjetivos, decía buscar la rotundidad de los sustantivos, la concreción del verbo.
 
   Horacio sólo distinguía la insistencia en los pronombres personales.
    Su piel… fue entonces cuando arrojó su deseo, dispuesta a menguar. Cada conversación le ocasionaba una breve quemazón, aunque siempre había alguien con quien lograba alcanzar una sacudida retráctil.

   La medicina ya no atendía con fundamentos, de etiología razonable, sus evidentes síntomas de epidermis reducida. Recurrió, como viene siendo habitual en su entorno documentado, a un razonamiento etílico intachable: su organismo se descomponía quedamente. Cada madrugada comprobaba ante el azogue, impasible, que su imagen entablaba un progresivo reajuste de líneas agrietadas a lo largo de un cada vez más emboscado continente.

    Y así hubo de enfrentarse de nuevo a la expectativa indefinida de afrontar otro período de trabajo. Porque, sin duda, el tiempo azotaba su cuerpo con las premoniciones de próximas sacudidas.

   Y la indiferencia surcó el tiempo cotidiano con inexpresivos instantes que debieran ser censurados. La vulgaridad de los cuerpos, ajados a fuerza de no codiciarse, mostraba su incompetencia para amar. Una solución acuosa filtraba las miradas de desdén. Las palabras atacaban hacia espejos de Wells: como una dama de Shanghai jugaba a sobrevivir diariamente después de ataques, que más que herir con esquirlas de luz, desnudaban su impertinencia deslucida. Sin duda, sería necesaria la asistencia a un simposio sobre “La Metamorfosis”, hasta exorcizar la figura de insecto en el espejo matutino. Pero aquellas personas que rodeaban a Horacio no lograban aún vislumbrarse en el cristal.

    La travesía le llevó al ocio y al cultivo del aprecio. De nuevo los espejos. Pero ahora Alicia perseguía a una reina de corazones prendida de solapas recurrentes. Una adolescencia felizmente prolongada, en espera del socavón oportuno que determine la velocidad de la sangre. “¡Está viejo, Horacio! Vives como encerrado en un frasco de tiempo que proteges de sí mismo”. El bamboleo de encuentros y desencuentros, de sarcasmos y confesiones exclusivas; toda la bagatela reconstruida en torno a la levedad de los espacios compartidos producía en Horacio un hastío que se destilaba por el lado de sus gestos más venenosos. Ironía que nadie llegaba a comprender, que era despedida brusca del dolor atenazado: unas ansias devueltas al teatro de las dudas.

    Casi siempre la palabra amable le sobrecogía con estridencia de eco rogativo.
    Su piel seguía afligiendo su cuerpo en un dictado de la distancia que le alejaba de unos espacios cada vez más disgregados. Cuando Horacio notó el avance hacia el cuello de aquella detracción grisácea, supo definitivamente la proximidad de su abandono a la arbitrariedad de los hechos.

    Esa tarde salió, desnudo ya, abrió su cuerpo al sol, presentó cobarde sus contornos en la calle, en los círculos de amigos, en su centro de trabajo: algunos notificaron el peligro próximo, le aislaron en estancias apropiadas a su desnudez infantil, dedicándose a las habilidades comunes en los cuerpos desnudos: tiritaba con la luna que no presenciaba, desenredaba hilos que nunca volvería a componer, rozaba la tibieza de la madera con anhelo de travesía, dialogaba y sondeaba con franqueza descalza evacuaciones del túnel, su mente de cristal rehacía la música que recordaba vagamente de la noche, o quizás de la mañana…

    Su repliegue se prolongó hasta el exacto instante en que una presencia cercana, mientras amontonaba piolines multicolores en el rincón de un recuerdo, seducida por la sorpresa de oasis, en una fascinación de arco iris, se acercó con miedo y ojos avarientos, y se adentró en una esquina de aquel juego misterioso. Horacio escuchó, habló como siempre que permanecía desnudo, recopiló el equipaje para sus ensueños y creyó, como eterno, que para poder nutrirse debía esperar a estar convenientemente vestido en la noche.



   En el regreso a casa permanecía urgiendo aquel hermoso caleidoscopio concedido. Llegó, orilló las rutinas cotidianas previas al momento. Por fin, abordó un ávido acopio del ropaje coloidal que le rodeaba. No omitió ninguno de los últimos enseres, como acólitos en un viático hacia el deseo, en aquel día donde el pasmo le facilitó un nuevo atuendo delirante. Una vez en el lecho, eludió la imagen de soledad de los espejos, juzgó la frialdad perezosa de las sábanas, penetró codicioso en su interior, e inició vorazmente el acto de vestirse.
Ramón Leal

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PASADO. Ramón Leal

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Después de la noche. Ramón Leal



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Puente de Zamora. Ramón Leal


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Paseo de los Tristes. Ramón Leal

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El ocaso soporta los ecos del alba

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