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El ocaso no revela sus metáforas, Amaranta Allende

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Cambio. Amaranta Allende

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Dilema. Amaranta Allende

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Asombro. Amaranta Allende

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Duermevela. Amaranta Allende

 

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Huida. Amaranta Allende

 
 
 

Nadie observa que mis ojos se inclinan buscando cada gesto. ¿Nadie percibe el aire que muda su presencia, su color malva pálido, su aroma sostenido persiguiendo las esencias? 

Para ti- acosaba tu mirada vigilante- todo gesto era superfluo. Sentí cómo me habías recortado de la escena, me perseguías dulcemente desde el zoom de tu mirada, en un travelling pausado, de deseo sostenido, de paciencia felina. Tomaste la cámara para recordarme, con tu cinismo invisible para no iniciados, que ahí estabas, que sostenías este paisaje con ojos de halcón, con un roce de paloma.


Y luego el tiempo, como siempre, deshojando las distancias, alimentado dudas. Y tu voz huyendo, y tu piel tiritando como prado ante la brisa. A solas, silencio, distancia, la premura de hallar asiento, de llegar, de confluir…pero solos y tan distantes y tus dedos mudos cuando mi piel se acercó, pero ya estamos y qué bien que llegamos sin herirnos. Debí lanzar mis ojos a tus manos para temblar de miedo. O esperaba tu asalto de caricias, la presión indecisa de un instante, el concurso de las manos, afluencia selvática de miradas: un atisbo de sol, el sosiego de un incendio dócil a la brisa del tiempo.


Y llegamos, y entonces la multitud nos escondió de todos, y jugamos, y lanzamos nuestros dardos al deseo que, sabíamos, no llegaría, sería dulce morder un aire sólido que nos adhería-nos separaba de esa pegajosa presencia, envoltura al fin de nuestro encuentro.


Sí, “jugamos al cíclope “, ensayo inicial, proemio de un encuentro decidido, pero cuándo, dónde hallaré el agua tibia de tus manos, sostener mis miedos.


Y entonces la duda, la elección forzada, hábil presencia para evitar agravios. Cambié un instante de azul por la penumbra de tu ausencia. Y no supe que buscabas, me aguardabas como lluvia, como flor a tierra mojada, que como un débil junco balanceabas tu silueta en la calle buscándome donde no me hallabas, y el río te arrastró a la corriente que se aleja.
Y entonces la calle con una luz oro viejo, recortada en tus pasos hacia donde ya mi piel no estaba, la noche te tragó como una llama que nos deja a oscuras. Y el silencio en las calles. ¿Que miran? ¿Qué hablan?


Te vas, permito tu distancia en un acto de miedo, un desmayo, incuria de mis senos altivos y atentos. Cada pozo de mi piel secó su delirio de diluvio marino. Trencé las agujas que erizaban una epidermis ahíta de un espectro de luz, de un paisaje Van Gogh.
Y te envié a Klee para arañarte de sombras.
Y espero ahora el alcance de la distancia. La penumbra me arroja. Pero es añil como el eco de tu palabra. Verde-mar, como tus ojos cuando dibujan la sonrisa, insólita como floresta en la orilla marina.

 
Amaranta Allende

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